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El 21 de junio de 2017, los habitantes del hemisferio norte de la Tierra disfrutaron del mayor número de horas de luz natural en un solo día. El solsticio de verano se produce cuando el eje de nuestro planeta alcanza su inclinación máxima hacia el Sol, que se encuentra directamente sobre el Trópico de Cáncer.

El observatorio Heliosférico y Solar (SOHO) de la ESA/NASA nos ha ofrecido una vista alternativa del fenómeno. SOHO lleva desde 1995 observando el Sol, estudiando su interior, vigilando su superficie y su tormentosa atmósfera, así como la forma en que el ‘viento solar’ sopla a través del Sistema Solar.

Este montaje de imágenes muestra nuestro Sol a primera hora de la mañana del 21 de junio a distintas longitudes de onda de luz ultravioleta, correspondientes a distintas temperaturas de la materia solar.

De izquierda a derecha, la materia más brillante de cada imagen corresponde a temperaturas de 60.000–80.000, 1 millón, 1,5 millones y 2 millones de grados, respectivamente. Cuanto mayor es la temperatura, mayor es la altura que se ve en la atmósfera solar. Las áreas más calientes resultan más brillantes, mientras que las más oscuras son relativamente más frías.

De vuelta en la Tierra, el Sol ahora está comenzando a realizar un trayecto más bajo por el cielo cada día. El solsticio de invierno se producirá dentro de seis meses, el 21 de diciembre, cuando el eje de la Tierra esté inclinado lo más lejos posible del Sol. Con nuestra estrella directamente sobre el Trópico de Capricornio, el hemisferio norte experimentará el número más bajo de horas de luz por día. En el hemisferio sur sucede exactamente lo contrario, donde el 21 de junio marca el solsticio de invierno y el 21 de diciembre, el de verano.

¡Y no olvidemos que nunca se debe mirar al Sol a simple vista sin protección adecuada!

Para más información sobre SOHO, incluyendo imágenes en tiempo eral del Sol, visita https://soho.nascom.nasa.gov


esa 


En el futuro, un remolcador espacial podría inmovilizar los satélites fuera de servicio, retirándolos de las órbitas clave alrededor de la Tierra mediante fuerzas magnéticas.

Además, el uso de la atracción y la repulsión magnéticas también podría ser un método seguro para que varios satélites mantengan formaciones cerradas en el espacio.

Estos conjuntos de satélites están siendo considerados para futuras misiones astronómicas y de observación de la Tierra, ya que si sus posiciones relativas pudieran mantenerse podrían funcionar como un único telescopio gigante.

Para combatir la basura espacial, cada vez hay más interés en sacar satélites completos del espacio. El mayor reto es inmovilizar y asegurar estos objetos, que normalmente pesan varias toneladas, cuando se mueven descontroladamente y a gran velocidad.

Se están investigando distintas técnicas, incluyendo el uso de brazos robóticos, redes y arpones.

Ahora, el investigador Emilien Fabacher del Institut Supérieur de l'Aéronautique et de l'Espace, que forma parte de la Universidad de Toulouse, Francia, ha añadido un nuevo método a la lista: la inmovilización magnética.
“Cuando queremos sacar de órbita un satélite, es mucho mejor si nos mantenemos a una distancia de seguridad, sin contacto directo, ya que evitaríamos el riesgo de daños tanto en el remolcador como en los satélites remolcados”, explica Emilien. 

“La idea que estoy investigando consiste en aplicar fuerzas magnéticas para atraer o repeler el objetivo, para desplazar su órbita o sacarlo de esta completamente”.

Estos satélites remolcados no tendrían por qué contar con un equipamiento específico previo. Antes bien, el remolcador influiría en ellos usando dispositivos de par magnético: electroimanes fiables ya a bordo para que ajusten la orientación según el campo magnético de la Tierra.

“Estos elementos ya se encuentran en numerosos satélites de órbita baja”, añade Emilien.


El potente campo magnético que necesita el satélite ‘cazador’ se generaría usando cables superconductores enfriados hasta temperaturas criogénicas.

Otros satélites similares podrían encargarse de mantener varios satélites objetivo volando en una formación precisa, comenta Finn Ankersen, experto de la ESA en encuentros, acoplamientos y vuelos en formación.

“Este tipo de influencia magnética sin contacto funcionaría a partir de unos 10-15 m, ofreciendo una precisión de posicionamiento de unos 10 cm con una precisión de actitud de 1-2º”.

Para su investigación doctoral, Emilien ha estado estudiando cómo las técnicas de guiado, navegación y control resultantes funcionarían en la práctica, combinado un simulador de encuentros con modelos de interacción magnética, teniendo también en cuenta el estado de cambio continuo de la propia magnetosfera terrestre.


Su investigación ha recibido el apoyo de la Iniciativa de Colaboración/Creación de Redes de la ESA, que respalda el trabajo llevado a cabo por universidades e institutos de investigación en tecnologías avanzadas con posibilidad de aplicación en el espacio. Emilien también visitó el centro técnico de la ESA en los Países Bajos para consultar a expertos de la agencia.

Emilien recuerda que el concepto surgió inicialmente de una discusión con expertos de la ESA y que tuvo la suerte de estar en el lugar adecuado en el momento justo para explorar su viabilidad: “La primera sorpresa fue que, de hecho, fuera posible en teoría; al principio no estábamos seguros, pero resultó que la física ha respondido sin problemas”.



esa


En agosto de 1977, el observatorio Big Ear de la Universidad Estatal de Ohio registró un inusual señal durante 72 segundos; fue tan fuerte que Jerry Ehman, miembro del equipo del observatorio, escribió “Wow!” al lado de la lectura. Desde entonces, numerosos científicos han buscado una explicación para la señal, pero hasta ahora nadie podía ofrecer una hipótesis sólida. Todas las fuentes posibles, tales como asteroides, exoplanetas, estrellas e incluso señales desde la Tierra, han sido descartadas. Debido a sus características, incluso se postuló que la señal podría haber sido generada por una civilización extraterrestre. La frecuencia de la señal era de 1.420 MHz, la misma frecuencia que la del hidrógeno.

Un equipo de investigadores, en conjunto con el Centro de Ciencia Planetaria (CPS), afirma finalmente haber resuelto el misterio de la señal “Wow!”. Según indican, el responsable fue algún cometa desconocido en el momento de la detección. Antonio Paris, el investigador principal, describe su teoría y cómo el equipo la probó.

La explicación adquirió notoriedad el año pasado cuando un equipo del CPS sugirió que la señal pudo haber sido originada por una nube de hidrógeno que acompañaba un cometa; adicionalmente, el movimiento del cometa explicaría por qué la señal no se volvió a observar. El equipo notó que dos cometas habían estado en el mismo lugar del cielo que Big Ear estaba monitoreando el día en cuestión. Esos cometas P/2008 Y2 (Gibbs) y 266/P Christensen no habían sido descubiertos cuando la señal fue recibida. El equipo tuvo una oportunidad de probar su idea cuando los dos cometas aparecieron una vez más en el cielo nocturno desde noviembre de 2016 a febrero de 2017.

El equipo señala que las señales de radio de 266/P Christensen coincidieron con la de la señal “Wow!” de hace 40 años. Para verificar sus resultados, probaron lecturas de otros tres cometas y obtuvieron resultados similares. Los investigadores reconocen que no pueden decir con certeza que la señal “Wow!” fue generada por 266/P Christensen, pero indican que pueden decir con relativa seguridad que sí fue generada por un cometa.

Sin embargo, el análisis de Paris y su equipo presenta sus propias complicaciones y, en caso de ser correcta su conclusión, deberá ser comprobado por nuevos estudios.

El artículo “Hydrogen Line Observations of Cometary Spectra at 1420 MHZ” ha sido aceptado para su publicación en Journal of the Washington Academy of Sciences.

 Phys.org



La colaboración LIGO ha realizado su tercera detección de ondas gravitacionales emanando de la fusión de un par de agujeros negros, dándonos más pistas de cómo se forman estos pares y mejorando nuestro catálogo de ellos.

“El primero fue una novedad. El segundo fue la confirmación de que la novedad del primero no fue una casualidad. El tercero es astrofísica”, dice el portavoz de LIGO David Shoemaker, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). “Estamos haciendo la transición hacia hablar de una población de estos objetos”.

LIGO detecta las formas de las ondas, que son lecturas de las ondulaciones en el tejido del Universo causadas por masas moviéndose a través de él. El giro de los agujeros negros fusionándose puede deformar esas ondulaciones, que son producidas por sus órbitas y eventual colisión.

Para el primer evento, no había suficiente información para determinar la dirección en que giraba cada agujero negro. Para el segundo, había un poco más de información, indicando que cada agujero probablemente estaba rotando en la misma dirección en que se orbitaban.

Pero este tercer par de agujeros negros, descubierto el 4 de enero de 2017, está inclinado de manera diferente con respecto a la Tierra en relación a los otros dos, permitiendo a LIGO ver más sobre la rotación de cada agujero.

Esta vista ha revelado que los agujeros negros de este nuevo evento no se encuentran girando en la misma dirección en que se orbitan. Eso significa que probablemente lo están haciendo en diferentes direcciones o –mucho menos probable– no rotan en absoluto.

Hermanos, no gemelos

“Las rotaciones, y particularmente las rotaciones desalineadas, nos ayudarán a determinar cómo se forman estas cosas”, dice Carl Rodriguez del MIT. El análisis de las propiedades de estos objetos en lugar de su simple detección convierte esto en una “nueva rama de la astronomía”, dice.

Los agujeros negros binarios se forman en una de dos maneras principales: los dos agujeros nacen junto de un par de estrellas que se orbitan, o se forman separados en un cúmulo estelar denso y luego se mueven hacia su centro. En el primer caso, el par debería rotar en la misma dirección que orbitan, como lo hacen las estrellas binarias; en el segundo, dice Rodriguez, “están apuntando en cualquier dirección que quieran”.

Aunque el segundo agujero negro binario, que LIGO detectó en diciembre de 2015, parecía corresponder a agujeros negros que nacieron orbitando juntos, estos nuevos pueden haber crecido de forma independiente.

Al menos uno de ellos parece estar orbitando en una dirección diferente de su órbita. El hecho de que esto difiere de los casos previos indica que ambos escenarios son posibles, aunque se necesitará más observaciones para determinar cuál es más probable.

Dado que este nuevo sistema binario se encuentra a unos 3.000 millones de años-luz de distancia –dos veces la distancia de los otros que se ha observado– la onda gravitacional tiene que viajar más espacio antes de llegar a nuestro planeta. Esa distancia nos permite tener más pistas sobre posibles desviaciones de la teoría de relatividad general de Einstein.

La relatividad general indica que todas las ondas gravitacionales deberían viajar a la misma velocidad; la velocidad de la luz. Dado que las ondas parecían hacerlo en este caso incluso a través de una enorme distancia, respaldan la “regla” de Einstein.

Ampliando horizontes

Más allá del detalle de lo que este agujero negro binario en particular puede decirnos, marca un paso hacia el uso de ondas gravitacionales para estudiar la población general de dichos binarios y potencialmente otros objetos masivos.

Eventualmente, LIGO también observará otros tipos de eventos cósmicos, pero muchas detecciones del mismo tipo de evento son cruciales para obtener resultados científicos detallados.

Con solo tres detecciones, los investigadores ya han descubierto que hay una población de agujeros negros binarios con masas sobre 25 veces la del Sol; un grupo del que no sabíamos nada antes que comenzara el experimento LIGO.


New Scientist
 

En un nuevo estudio se ha calculado la cantidad de agua necesaria para excavar la llamativa red de valles marcianos y el resultado indica que la superficie del Planeta Rojo tenía en el pasado mucha más agua de lo que se pensaba previamente.

Ilustración del Marte actual y el aspecto que aproximadamente pudo tener el antiguo Marte, cálido y húmedo. (Imagen: Wei Luo, Northern Illinois University)

Lo descubierto por el equipo de Wei Luo, de la Universidad del Norte de Illinois en Estados Unidos, refuerza la idea de que Marte tuvo una vez un clima más cálido y un ciclo hidrológico muy activo, con agua evaporándose de un antiguo océano, regresando a la superficie en forma de precipitación y erosionando el terreno hasta acabar dando forma a la amplia red de valles del planeta.

Los satélites que orbitan Marte y los robots en su superficie han proporcionado a los científicos pruebas convincentes de que el agua ayudó a dar forma al paisaje del planeta hace algunos miles de millones de años. Pero no estaba claro cuánta agua fluyó realmente sobre el planeta, y la hipótesis del océano ha sido muy debatida.

En el nuevo estudio, Luo y sus colegas utilizaron un algoritmo innovador para calcular de forma más precisa el volumen del espacio hueco dentro de los valles de Marte y la cantidad de agua que habría sido necesaria para crear esos huecos a través de la erosión con el paso del tiempo. La mayoría de los valles tienen más de 3.000 millones de años.


Sus estimaciones más conservadoras sobre el volumen global de los valles marcianos y la cantidad acumulada de agua necesaria para excavarlos son al menos 10 veces mayores que las estimaciones previas.

Además, la nueva estimación del volumen de agua necesaria para esculpir los valles es al menos un orden de magnitud superior al volumen que se le atribuía a un hipotético océano y 4.000 veces mayor que el volumen de los huecos de los valles.

Eso significa que el agua debió reciclarse muchas veces a través de los sistemas de valles en Marte, y que se necesita un gran cuerpo de agua abierto u océano para facilitar dicho reciclaje tan activo. “Me imaginaría al antiguo Marte siendo similar a lo que tenemos en la Tierra, con un océano, lagos, ríos y precipitaciones”, declara Luo.



NCYT
Hace más de un siglo, el Observatorio de Harvard reclutó a un grupo de mujeres para realizar un trabajo tedioso y mal pagado: analizar estrellas en placas fotográficas de vidrio. Pero con el tiempo aquellas damas se convirtieron en verdaderas profesionales, y nombres como Williamina Fleming, Annie Jump Cannon, Antonia Maury, Henrietta S. Leavitt y Cecilia Payne entraron en la historia de la astronomía. Sus méritos los repasa ahora para Sinc la divulgadora científica Dava Sobel, autora de El universo de cristal.


Dava Sobel (a la derecha) recoge en su obra El universo de cristal la historia de las mujeres del Observatorio de Harvard (a la izquierda) que hace un siglo nos acercaron a las estrellas. / Harvard University Archives/Mia Berg

Los retratos en blanco y negro de aquellas mujeres no eran muy diferentes a los de otras señoras de la época, pero sus fotos en grupo sí reflejan que realizaban una tarea especial. No se reunían para coser o tomar el té, sino para estudiar las estrellas.

“Son las mujeres del Observatorio de Harvard que 'tomaron la medida' a las estrellas”, según cuenta la reportera y divulgadora científica Dava Sobel (Nueva York, 1947), conocida por libros como Latitud o La hija de Galileo, en su nueva obra: El universo de cristal.

La historia se desarrolla a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el director del observatorio, el astrónomo Edward C. Pickering, contrató a un grupo de mujeres como ‘computadoras humanas’ para registrar, de forma tediosa y metódica, las observaciones que los hombres hacían con el telescopio. De modo despectivo se bautizó a aquel inusual equipo femenino como el ‘harén de Pickering’.


Se contrató a mujeres como ‘computadoras humanas’ para registrar las observaciones de estrellas que hacían los hombres con los telescopios

El mismo trabajo lo podrían haber realizado los hombres, según la autora, pero el director eligió a mujeres: “Quizá pensó que eran más pacientes y cuidadosas con los detalles, pero también sabía que podía pagarles salarios más bajos (unos 25 centavos de dólar la hora, bastante menos que a los varones)”.

Placas de vidrio que generan astrónomas

“Pero según se fue introduciendo la fotografía en el campo de la astronomía, aquellas mujeres pasaron de la computación al estudio de las estrellas que aparecían en las placas fotográficas de vidrio”, señala la escritora, que aclara: “El universo de cristal hace referencia al medio millón de placas que se acumularon en Harvard durante décadas y que permitieron a la mayoría de aquellas mujeres llegar a ser astrónomas y hacer descubrimientos extraordinarios”.

Sobel explica a Sinc que una de las pioneras fue Williamina Fleming (Escocia, 1857 – Boston, 1911): “Comenzó su carrera en el Observatorio de Harvard como empleada doméstica –tras abandonarla el marido–, pero pronto aprendió a analizar las placas fotográficas y acabó consiguiendo numerosos hallazgos astronómicos. Entre otros, la identificación de diez novas y más de trescientas estrellas variables. Además se convirtió en la primera conservadora de fotografías astronómicas”.

Otra de las profesionales fue Annie Jump Cannon (Delaware, 1863 – Massachusetts, 1941). “La alegre y adorable Miss Cannon accedió en 1896 a su puesto en el observatorio y, en un entorno dominado por hombres, fue la primera mujer a la que se permitió hacer sus propias observaciones a través del telescopio”, apunta Sobel, quien destaca también una de sus principales aportaciones: “Desarrolló un sistema de clasificación estelar que todavía se utiliza”.






Williamina Fleming, Annie Jump Cannon, Antonia Maury, Henrietta S. Leavitt y Cecilia Payne son algunas de la mujeres del Observatorio de Harvard que ya forman parte de la historia de la astronomía. / Curator of Astronomical Photographs at Harvard College/Library of Congress/Vassar College/Unknown author/Goodsell Observatory

Por su parte, Antonia Maury (Cold Spring, 1866 - Nueva York, 1952) “llegó a ser la primera mujer universitaria graduada que ingresó en el Observatorio de Harvard, tras estudiar astronomía con María Mitchell, la primera estadounidense que descubrió un cometa”. Maury trabajó activamente en los catálogos de los espectros estelares.

“Hicieron frente a un desafío realizando descubrimientos fundamentales en astronomía reconocidos en todo el mundo”, destaca la autora

“Cada una de aquellas mujeres se enfrentó al desafío de convertirse en una nueva clase de astrónomo, que en lugar de observar las estrellas con telescopios, lo hacía mediante placas fotográficas, lupas y microscopios”, comenta la divulgadora,"y su recompensa fue enfrentarse a un desafío realizando descubrimientos fundamentales y reconocidos en todo el mundo”.

Medir distancias astronómicas

Una de estas aportaciones relevantes la desarrolló Henrietta Swan Leavitt (Lancaster, 1868 – Massachusetts, 1921). Con su estudio de placas de vidrio tomadas por telescopios del hemisferio sur, “hizo una importante observación acerca de estrellas variables cefeidas y sentó las bases de un patrón fiable (una relación entre el periodo y la luminosidad de las estrellas) que sirvió para medir distancias en el universo”, subraya la autora. El trabajo de Leavitt, junto al de sus compañeras en el mal llamado harén de Pickering, ha inspirado una serie de vídeos divulgativos producidos por el Instituto de Astrofísica de Andalucía (CSIC).

En su libro, Sobel también destaca los estudios de otra de aquellas mujeres que llegaron más tarde al Observatorio de Harvard, la británica Cecilia Payne (Wendover, 1900 – Massachusetts, 1979): “Obtuvo el primer doctorado en astronomía en la Universidad de Harvard y mientras investigaba para su tesis –que llegó a ser calificada como la mejor de la historia astronómica–, descubrió que las estrellas están constituidas fundamentalmente de hidrógeno”.




Grupo de ‘computadoras humanas’ analizando datos y placas fotográficas en el Observatorio de Harvard. / Harvard College Observatory

Mujeres interesadas en ciencia desde siempre

Sobel considera que todos estos ejemplos “nos recuerdan que las mujeres siempre han estado interesadas por la ciencia, y también que lograron objetivos científicos incluso antes de que ganaran su derecho al voto (en 1920 en EEUU). Con su ejemplo, muestran lo importante que son la determinación y el trabajo duro para responder a las oportunidades que van surgiendo”.

"Una peligrosa actitud anticiencia está ganando fuerza con la nueva administración de EE UU", dice Sobel

La divulgadora también señala que las computadoras humanas de Harvard dejaron un legado importante para otras científicas: “Fueron las ‘abuelas’ de las ‘figuras ocultas’ de Langley (mujeres afroamericanas que trabajaron en ese laboratorio de la NASA en los años 60) y de las ‘rocket girls’ del Jet Propulsion Laboratory. El éxito de las mujeres de Harvard también hizo que otros directores de observatorios ofrecieran puestos al personal femenino, de modo que se convirtió en normal que las mujeres trabajaran en computación”.

Pero a pesar de los indudables avances tanto en ciencia como en la promoción de la mujer, Sobel considera que todavía queda camino por delante, especialmente en estos momentos: “Me temo que una peligrosa actitud anticiencia está ganando fuerza con la nueva administración de EE UU. El recorte de fondos en investigación, junto a la ignorancia en asuntos como el cambio climático, pueden limitar las oportunidades tanto para hombres como para mujeres".

“Aunque esto también nos estimula a todos a actuar", reflexiona la veterana escritora, quien considera que la comunicación de la ciencia ahora "es más importante que nunca”; y acaba dando un consejo, en principio dirigido a los periodistas y los divulgadores científicos, pero con un mensaje universal: “Adelante, queda mucho trabajo por hacer”.



SINC
Científicos del Centro de Astrobiología y otros centros europeos han encontrado, en una región de formación de estrellas parecidas a nuestro Sol, un ingrediente químico básico para la vida: el isocianato de metilo. El descubrimiento se ha logrado gracias al observatorio ALMA y puede ayudar a comprender mejor cómo surgió la vida en la Tierra.



Los científicos han descubierto rastros de isocianato de metilo, un ingrediente químico básico para la vida, al observar con ALMA estrellas como el Sol en etapas muy tempranas de su formación. / ESO/Digitized Sky Survey 2/L. Calçada

Dos equipos de astrónomos han utilizado el poder del observatorio ALMA (Atacama Large Millimeter/submillimeter Array), en Chile, para detectar isocianato de metilo (CH3NCO), una molécula orgánica compleja prebiótica­, en el sistema estelar múltiple IRAS 16293-2422. Está situado a unos 400 años luz de distancia en una gran región de formación estelar llamada Ro Ofiuco, en la constelación de Ofiuco (el portador de la serpiente).

Un equipo está codirigido por Rafael Martín-Doménech, del Centro de Astrobiología en Madrid (España) y Víctor M. Rivilla, del INAF-Observatorio Astrofísico de Arcetri, en Florencia (Italia); y el otro por Niels Ligterink, del Observatorio de Leiden (Países Bajos) y Audrey Coutens, del University College London (Reino Unido). Sus estudios se publican en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society.

Es la primera vez que esta molécula prebiótica, que podría jugar un importante papel en el origen de la vida, se observa en el gas caliente que rodea a un ‘protosol’

Las capacidades de ALMA permitieron a ambos equipos observar la molécula en varias longitudes de onda diferentes y definidas a lo largo de todo el espectro de ondas de radio. Encontraron las distintivas huellas químicas en las cálidas y densas regiones interiores de la envoltura de polvo y gas que rodea a las estrellas jóvenes en sus primeras etapas de evolución.

Cada equipo identificó y aisló las firmas del isocianato de metilo. Luego lo desarrollaron con modelos químicos de ordenador y experimentos de laboratorio para refinar nuestra comprensión del origen de la molécula. Los resultados mostraron que el gas con esta molécula orgánica compleja rodea a cada una de las protoestrellas de IRAS 16293-2422.

Es la primera vez que esta molécula prebiótica, que podría jugar un importante papel en el origen de la vida, se observa en el gas caliente que rodea a una joven estrella con un tamaño similar a nuestro Sol.

La Tierra y los demás planetas de nuestro sistema solar se formaron a partir del material que sobró tras la formación del Sol. Por tanto, estudiar protoestrellas de tipo solar, puede ayudar a los astrónomos a comprender el pasado, permitiéndoles observar condiciones similares a las que condujeron a la formación de nuestro sistema solar hace más de 4.500 millones de años.

Otra pieza para comprender cómo surgió la vida en la Tierra

Martín-Doménech y Rivilla comentan: "Estamos especialmente emocionados con el resultado porque estas protoestrellas son muy similares al Sol al principio de su vida, con las condiciones adecuadas para que se formen planetas del tamaño de la Tierra. Ahora, con el descubrimiento de moléculas prebióticas en este estudio, contamos con otra pieza del rompecabezas que nos ayudará a comprender cómo surgió la vida en nuestro planeta".

Por su parte, Ligterink y Coutens destacan: "¡Este sistema sigue sorprendiéndonos! Tras el descubrimiento de los azúcares, ahora hemos encontrado isocianato de metilo. Esta familia de moléculas orgánicas está implicada en la síntesis de péptidos y aminoácidos, que, en forma de proteínas, son la base biológica para la vida tal y como la conocemos".

Ligterink está encantado con los resultados de laboratorio que apoyan este trabajo: "Además de detectar moléculas, también queremos entender cómo se forman. Nuestros experimentos de laboratorio muestran que, en efecto, el isocianato de metilo puede formarse sobre partículas heladas bajo condiciones muy frías, similares a las del espacio interestelar. Esto implica que es muy probable que esta molécula (y, por tanto, la base para los enlaces peptídicos) esté presente cerca de la mayor parte de las estrellas jóvenes de tipo solar".

El nuevo descubrimiento puede ayudar a entender cómo llegó a surgir la vida en la Tierra, puesto que la familia de moléculas orgánicas de los isocianatos, de la cual el metilisocianato es la maś simple de todas, se considera que juegan un papel esencial en la formación de los denominados enlaces peptídicos entre los distintos aminoácidos, que, a su vez, permiten la creación de las proteínas que se encuentran en todos los organismos vivos.



ESO
Cien años después de que Einstein presentara su teoría de la relatividad general, los científicos la han utilizado para medir por primera vez la masa de una estrella a partir de la desviación gravitatoria de la luz emitida por otra situada detrás. Así, se ha podido saber que la protagonista de la historia, una enana blanca, tiene aproximadamente el 68% de la masa del Sol.


Einstein pensaba que era imposible medir la masa de una estrella en función de los efectos gravitacionales que esta ejerce sobre la luz que llega de otra. /  American Institute of Physics

La deflexión o desviación gravitatoria de la luz estelar que pasó alrededor del Sol durante el eclipse solar de 1919 proporcionó mediciones que confirmaron la teoría de la relatividad general de Einstein. Ahora, los científicos han utilizado una técnica parecida para registrar esas desviaciones luminosas en una estrella y medir su masa.

Unos cien años después de que Einstein desarrollara la teoría de la relatividad general, que ha revolucionado la forma en que los seres humanos comprendemos el universo, un grupo de investigadores liderados desde el Space Telescope Science Institute (EE UU) ha logrado determinar la masa de una estrella enana blanca a partir de sus leyes.

Los pequeños cambios en la posición aparente de una estrella del fondo han permitido estimar la masa de la enana blanca Stein 2051 B

Hasta el momento, la posibilidad de medir la masa de una estrella en función de los efectos gravitacionales que esta ejerce sobre la luz pertenecía al plano teórico. En un artículo publicado en 1936 en Science, el propio Einstein sostenía que era imposible: “No hay esperanza de observar este fenómeno de forma directa”.

Una de las predicciones clave de su relatividad general establecía que la curvatura del espacio cerca de cuerpos enormes, como las estrellas, hace que cualquier rayo de luz que pase cerca de estas se desvíe el doble de lo que se esperaría en función de las leyes de gravedad tradicionales.

El padre de la relatividad predijo que, cuando una estrella frontal se interpone entre nosotros y otra estrella situada de fondo, se produce un fenómeno llamado microlente gravitacional que genera un anillo de luz perfecto, también llamado ‘anillo de Einstein’.

Sin embargo, tras un siglo de avances tecnológicos, no se había logrado observar un escenario un poco diferente a este: dos estrellas apenas desalineadas que generen un anillo de Einstein asimétrico. Según Einstein, esta asimetría es importante debido a que ocasionaría que la estrella de fondo se viera desviada del centro, de forma que podría utilizarse para determinar la masa de otra estrella frontal localizada delante.




Ilustración de cómo la gravedad de una estrella enana blanca deforma el espacio y dobla la luz procedente de otra estrella distante situada detrás. El telescopio espacial Hubble registra el fenómeno. / NASA, ESA, and A. Feild (STScI)

El equipo de científicos coordinados por Kailash Chandra Sahu desde el Space Telescope Science Institute buscó de forma proactiva esta rara alineación asimétrica en más de 5.000 estrellas. En marzo de 2014 descubrieron que la estrella enana blanca Stein 2051 B estaba en la posición perfecta, justo delante de una estrella de fondo.

La ayuda del telescopio espacial Hubble

Entonces, los científicos dirigieron el telescopio espacial Hubble para observar el fenómeno y midieron pequeños cambios en la posición aparente de la estrella de fondo a lo largo del tiempo. A partir de la información recopilada, los autores pudieron estimar que la masa de la enana blanca era equivalente aproximadamente al 68% de la de nuestro Sol.

“En concreto, la medición de esta deflexión en múltiples momentos nos permitió determinar la masa de Stein 2051 B –la sexta enana blanca más próxima al Sol– como 0,675 ± 0.051 masas solares”, señalan los autores en su estudio, que se publica esta semana en Science, a la vez que se presenta en la reunión de primavera que la American Astronomical Society celebra estos días en Austin (EE UU).

La medición directa de la masa de Stein 2051 B también ofrece datos importantes para comprender mejor la evolución de las enanas blancas, el tipo de estrellas más común en el universo. De hecho, la mayoría de las estrellas que se han formado en nuestra galaxia, incluido el Sol, se convertirán o son ya enanas blancas.



SINC
La NASA ha colocado en la Estación Espacial Internacional el primer explorador de estrellas de neutrones, unos remanentes estelares superdensos con potentes campos magnéticos. La misión, denominada NICER, también pondrá a prueba por primera vez la navegación por rayos X en el espacio.


La misión NICER (Neutron star Interior Composition Explorer) de la NASA despegó el 3 de junio desde el Centro Espacial Kennedy (EE UU) y alcanzó con éxito la Estación Espacial Internacional a bordo de la nave de reabastecimiento SpaceX CRS-11.

La misión NICER estudiará los objetos observables más densos del universo: las estrellas de neutrones

El objetivo principal de esta misión es estudiar en detalle los objetos observables más densos del universo: las estrellas de neutrones, descubiertas en 1967 por la astrofísica Jocely Bell.

Este tipo de objetos son remanentes de estrellas masivas, formados tras agotar su combustible, colapsar su núcleo y explotar las capas más exteriores. Se convierten así en esferas de gran densidad y fuertemente magnéticas. “La naturaleza de la materia bajo estas condiciones es un problema sin resolver desde hace décadas”, ha asegurado Keith Gendreau, una de las científicas de la NASA que participa en el proyecto.

A pesar de que la física ha avanzado algunos modelos para describir lo que sucede en el interior de estas estrellas, la misión de NICER es poner a prueba todos ellos. Durante 18 meses, se encargará de recoger los rayos X generados por los intensos campos magnéticos situados en los polos de estos potentes objetos.

Según ha explicado la NASA, observar las estrellas de neutrones con los instrumentos de la misión posibilitará analizar su estructura como no se ha conseguido hasta ahora, así como descubrir el fenómeno de alta energía que tiene lugar en su interior.

Púlsares y experimento SEXTANT

Las investigaciones de la agencia espacial estadounidense se centrarán principalmente en el estudio de un tipo especial de estrellas de neutrones: los púlsares, 'faros' de rotación rápida que emiten radiación de forma periódica. Además, las pulsaciones de estos objetos son predecibles, por lo que pueden utilizarse como relojes celestes, proporcionando mediciones del tiempo con alta precisión.

Estas estrellas de neutrones también son accesibles prácticamente desde todas las partes del espacio, por lo que ofrecen una valiosa solución de navegación para la exploración del espacio profundo. Por ejemplo, las señales GPS se debilitan más allá de la órbita terrestre.

El experimento SEXTANT tratará de demostrar la navegación mediante rayos X

“Podemos usar las mediciones de los púlsares para demostrar la navegación por rayos X”, confirma Gendreau. Los científicos pondrán a prueba esta idea con el experimento SEXTANT, con el que se detectarán los rayos X a través de los instrumentos de NICER para reunir información sobre los tiempos en que se emiten estos rayos.

La recopilación de toda esa información será usada por los científicos de la NASA para desarrollar algoritmos que permitan crear una nueva solución de navegación desde el espacio que funcione totalmente independiente de la Red del Espacio Profundo de la NASA (que cuenta con antenas en diversos puntos de la superficie terrestre).

Además, la agencia espacial norteamericana pondrá a prueba la comunicación por rayos X para transmitir gigabits de información por segundo a través de distancias interplanetarias. En los próximos meses se conocerán los primeros resultados de la misión.



SINC
Esta fotografía, obtenida con el astrógrafo remoto de la Unidad de Comunicación y Cultura Científica del IAC en el marco del Proyecto “NIÉPCE: del negativo al positivo”, muestra la bella paleta de colores de la región central de esta constelación.



Pocos lugares del cielo, vistos desde la Tierra, tienen tanta variedad cromática como la región del corazón del Escorpión, cuya estrella más brillante es Antares. La localización de esta constelación, cercana al núcleo de nuestra galaxia, la Vía Láctea, es clara entre los cientos de miles de estrellas que aparecen distribuidas homogéneamente por toda la imagen. El color lo dan los diferentes tipos de nubes de polvo y gas presentes. El rojo corresponde a las regiones de hidrógeno excitado por las estrellas. El azul y el amarillo, a la luz estelar reflejada por el gas y polvo. Las regiones oscuras son polvorientas nubes retroiluminadas, tan densas, que no dejan pasar la luz.

Destaca un objeto particular, fósil de la formación de nuestra galaxia, el cúmulo globular M4, un enjambre de cientos de miles de estrellas que sobreviven desde el origen de la Vía Láctea, hace más de 12 mil millones de años. Una inspección más detallada de la imagen nos permite detectar dos cúmulos globulares más: M80 y NGC 6144. Como casi siempre, observamos objetos situados en diferentes planos: las estrellas más brillantes y las nebulosas son los objetos más cercanos, en primer plano, situados a unos 500 años luz de distancia. El resto de estrellas del disco de nuestra galaxia crean un tupido manto estrellado, mientras que los cúmulos globulares se encuentran a diversas distancias. M4 es el más cercano de los 150 cúmulos globulares (viejos) conocidos que orbitan la Vía Láctea, encontrándose a unos 7.000 años luz de distancia. M80 y NGC 6144 se encuentran 4 o 5 veces más lejos, motivo por el que no destacan tanto en la imagen.





IAC

Sol

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Feature

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Cat-5

Po qué...

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